El Niño no llega a un país en condiciones normales, sino que se suma a problemas de producción agrícola, electricidad y agua que ya existen. El riesgo de sequías, el aumento de las temperaturas y sus efectos sobre el sueño podrían hacer aun más pesada la factura para los venezolanos
Los efectos de El Niño en Venezuela pueden sentirse en varios frentes y no sólo hasta diciembre sino incluso durante los primeros meses del 2027. El país está entre los de la región con más de 70% de probabilidad de enfrentar sequías que afecten sus zonas agrícolas y de pastoreo. La afirmación proviene de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), que advirtió que el fenómeno climatológico, generador de aumentos extremos en las temperaturas, puede traducirse en pérdidas de cosechas y ganado, deterioro de pastizales y una menor disponibilidad de agua, con consecuencias que terminan alcanzando la producción de alimentos, la energía y los precios.
El riesgo llega sobre una estructura que lleva años arrastrando problemas, con una producción agrícola que, por ejemplo, se redujo a la mitad en 15 años, pasando de producir 20 millones de toneladas a 9,8 en 2024. Mientras, el transporte, el combustible y la electricidad siguen condicionando la llegada de los alimentos a los hogares venezolanos, de los cuales 20% ya ha llegado a sufrir hambre extrema, pasando un día o más sin comer por falta de recursos. Y no, el Niño no es responsable de esas carencias, pero puede profundizarlas.
La Cepal advierte que un episodio extremo podría provocar una pérdida de al menos 2% del PIB de América Latina y el Caribe y sumar hasta 4,8 millones de personas a la pobreza hacia finales de la década. No se trata de una proyección exclusiva para Venezuela, sino del posible impacto regional de un fenómeno que ha producido ya el incremento de las temperaturas del océano Pacífico en hasta dos grados y cuyos efectos se pueden sentir hasta en lo más cotidiano: en una cosecha que se pierde, una verdura que sube de precio, un apagón que se alarga y hasta una noche en la que el calor impide dormir.
Eduardo Cudevich, ingeniero agrónomo e integrante de la Sociedad de Ciencias Naturales de La Salle, recibió reportes de productores de Unare, Guárico, Cojedes y otras zonas de los Llanos que ya han perdido cultivos por falta de lluvia. Algunos, según contó, tuvieron que sembrar nuevamente después de perder la primera cosecha.
Pero cuantificar lo que se ha perdido no es sencillo, pues Venezuela no posee una red suficiente de estaciones meteorológicas activas y de datos públicos que permitan comparar el comportamiento de las precipitaciones durante períodos largos. Sin esa información, también resulta más difícil anticipar qué producir y dónde.
«Si tú tienes una estación que te dice que en una zona llueven 1.000 milímetros y después de 10 años te dice que llueven 800 y después de otros 10 años te dice que llueven 600, tú tienes que empezar a sembrar cultivos que requieran 600 milímetros», explica Cudevich.
El agrónomo identifica como zonas especialmente vulnerables a territorios semiáridos de Lara, Falcón, Zulia y Margarita, además de otras áreas productoras de hortalizas. Los cultivos que dependen directamente de las lluvias son los que tienen menos margen de maniobra, como el maíz y algunos granos, que pueden sufrir pérdidas cuando las precipitaciones no llegan en el período esperado o son insuficientes.
La ganadería también queda expuesta cuando disminuyen el agua y los pastizales.

Cudevich plantea que una parte de la respuesta pasa por disponer de semillas y variedades capaces de producir con menos agua, pero mientras esas medidas no lleguen, una menor cosecha tiene una consecuencia bastante directa para quien compra, que es menos oferta.
«Cuando tú tienes pérdidas, pues entonces los precios se te disparan y hay un efecto que para las familias venezolanas va a ser muy difícil, o está siendo muy difícil ya, pero se va a poner aún más difícil», señala Marianella Herrera, especialista en seguridad alimentaria de la Fundación Bengoa para la Alimentación y Nutrición.
Para Herrera, el problema no puede atribuirse únicamente al clima. «La inseguridad alimentaria que experimentan la mayoría de los hogares hoy en día en Venezuela viene dada por un componente multidimensional, multifactorial, ¿verdad? Porque si fuera un solo factor, que fuera el fenómeno de El Niño, sería hasta un poco más fácil de revertir y de abordar».
A la crisis económica e inflacionaria hay que sumarle las dificultades de transporte y combustible, el acceso al agua y la electricidad y las consecuencias de los terremotos de junio. Y entonces, cuando la comida se encarece o deja de estar disponible, la respuesta de las familias también cambia.
«Cuando esto se pierde, ¿qué es lo que hace en general la gente? La gente se va a lo que puede comprar, a lo que puede rendir. Y, bueno, los alimentos ricos en calorías, que son más baratos y que van a poder, de alguna manera, al menos, satisfacer la sensación de hambre y de apetito que puede tener una persona en algún momento», explicó Herrera, también directora del Observatorio Venezolano de la Salud.
La Cepal estima incluso que en Centroamérica experimentar durante cuatro meses consecutivos los efectos de El Niño podría devenir en un aumento acumulado de la inflación de entre 0,40 a 0,93%. Pero, de nuevo, la consecuencia no es solo pagar más por la comida, también tener menos posibilidades de sostener una dieta diversa, con más colores. E incluso, el efecto no se queda allí, trasciende.
«Tienes más retraso en la llegada o más retraso en el transporte de alimentos, o la gente se ha quedado sin los medios para trabajar. Realmente, el costo que ha pagado Venezuela (por no tomar acciones preventivas para el cambio climático que golpea a un sistema en emergencia humanitaria) es el daño intergeneracional, la cantidad de niños con problemas cognitivos, con desnutrición, con mujeres embarazadas que al final han resultado en complicaciones del embarazo y con bajos pesos al nacer», señala Herrera.
Del agua a la electricidad
El mismo déficit de agua que amenaza a la agricultura puede tener consecuencias sobre la generación eléctrica. Venezuela, cuyo sistema eléctrico está 20 veces peor que después del apagón nacional de 2019, ya tiene antecedentes.
Un mapa de la Cepal sobre el déficit de precipitaciones alrededor de las centrales hidroeléctricas muestra que una parte importante de la capacidad instalada venezolana se encuentra en zonas expuestas a una reducción de las lluvias. La mayor concentración aparece en el sureste del país, donde se encuentra Guri, que es una pieza principal del sistema hidroeléctrico venezolano.
Y no sería un riesgo nuevo. La oenegé ambientalista Clima21 recuerda que durante los eventos de El Niño de los períodos entre 1997-1998 y 2015-2016 varias regiones sufrieron racionamientos de agua severos y que hace 10 años el fenómeno afectó al mismo embalse de Guri, comprometiendo la producción eléctrica de la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar.
A esto se suma el aumento de la demanda de energía cuando suben las temperaturas. Más calor significa mayor necesidad de ventiladores, aires acondicionados y sistemas de refrigeración, justo cuando hay menos agua disponible, se puede poner presión sobre la generación hidroeléctrica. La situación del país, aunque distinta al resto de Latinoamérica, es particularmente vulnerable a El Niño por algo particular: la matriz eléctrica se fundamenta en la hidroelectricidad, es decir, el agua es el motor de producción de la energía.
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A nivel regional, a eso también se le suma el envejecimiento de la infraestructura, ya que más de la mitad de la capacidad hidroeléctrica instalada tiene más de 30 años, de acuerdo con datos de la Agencia Internacional de la Energía y «presenta brechas de mantenimiento, una parte importante de la infraestructura crítica (centrales, líneas y subestaciones) se concentra en cuencas y corredores expuestos a sequías, inundaciones e incendios», destaca el informe de la Cepal sobre Efectos del fenómeno El Niño en los sistemas energéticos, publicado apenas durante la segunda quincena de septiembre.

Volviendo al plano nacional, el fenómeno El Niño ejerce entonces una presión adicional sobre la oferta, la demanda y la infraestructura eléctrica, que, según dijo a TalCual Elías Matta, exdiputado experto en materia energética, registra un déficit estructural del 30%, con una demanda pico nacional en el despacho de carga de 15.000 MW y una oferta satisfecha de 12.000 MW a 13.000 MW.
Venezuela mantiene una fuerte dependencia de un número reducido de centrales de importancia sistémica. El problema es que la electricidad no se queda en el enchufe de las casas, sino que también es necesaria para conservar, almacenar y procesar alimentos a gran escala.
Vladimir Padrino López, que ya lleva ocho meses a la cabeza del Ministerio de Agricultura Productiva y Tierras, planteó en agosto que el país debe prepararse para ese escenario mediante una estrategia de ahorro energético. A la agroindustria, específicamente, le pidió tomar cartas en el asunto.
«Tienen que tomar sus medidas para autogenerar su energía y no parar el proceso de almacenaje, de procesamiento de alimentos para que toda la cadena de valor esté garantizada y podamos proporcionarle a nuestro pueblo su soberanía y seguridad alimentaria», dijo el ministro, más no especificó cuál es la hoja de ruta a seguir desde su despacho para mitigar los daños que ya está causando este fenómeno climático.
El calor también se mete en la cama
Hay otro efecto menos visible del aumento de las temperaturas y es el sueño.
Un análisis de Climate Central, una organización estadounidense sin fines de lucro, publicado en julio de 2026, calculó que las altas temperaturas nocturnas hicieron que las personas perdieran, en promedio, casi 56 horas de sueño al año entre 2020 y 2025. De ese tiempo, unas seis horas son atribuibles al calentamiento provocado por el cambio climático.
La pérdida no se reparte igual entre ciudades y Venezuela es un ejemplo de ello. Maracaibo registró unas 91 horas de sueño perdidas al año por el calor, Barcelona 88 y Caracas 67. Climate Central estima que esa pérdida puede atribuirse al cambio climático en 9%, 4% y 10%, respectivamente.
El organismo advierte que dormir menos de forma repetida puede afectar «el estado de ánimo, el rendimiento cognitivo, la productividad y la salud cardiovascular e inmunológica». Y aunque el aire acondicionado puede ayudar, no todos tienen acceso a sistemas de enfriamiento ni a electricidad suficiente para mantenerlos funcionando durante toda la noche.
El problema, además, se acumula, pues una noche bajo mucho calor puede ser incómoda, pero varias seguidas pueden convertirse en un problema de salud y rendimiento diario.



