El largo adiós de la autodeportación: una pareja de California vuelve a México

Samuel J. Gómez

Enrique Castillejos y su esposa se detuvieron en un local de Winchell’s Donut House. Pasar por la cafetería era parte de su rutina de los viernes por la noche, después de ir a la iglesia.
El sermón de esa tarde había tratado sobre encontrar la paz en Dios en tiempos turbulentos, y sintieron que les hablaba directamente a ellos. Enrique, de 63 años, y su esposa, Maria Elena Hernandez, de 55, eran migrantes indocumentados. Al igual que millones de personas en el sur de California, habían estado viviendo en constante preocupación mientras los agentes federales hacían redadas migratorias.
Sentían que ser libres se había vuelto imposible en la tierra de la libertad. Habían tomado una decisión: abandonar Estados Unidos y regresar a México.




El proceso tiene el nombre estéril y burocrático de “autodeportación”.
Enrique y Maria Elena lo sentían como una larga despedida en cámara lenta. Supuso un gran desgaste emocional, espiritual y logístico para todos los que los rodeaban, incluidos sus tres hijos y dos nietos. Tuvieron que decidir qué hacer con su amado y anciano perro y con su negocio de transporte. Tuvieron que romper de forma repentina los lazos con su iglesia y con sus vecinos. Recibieron visitas inesperadas de personas que les traían regalos.
Maria Elena le había sugerido a Enrique que se fuera él primero a México, mientras ella esperaba que su pie roto sanara. “No”, recuerda que él le dijo. “Juntos vinimos; juntos nos vamos”.
Su decisión de marcharse fue tomada mucho antes de la represión del gobierno de Trump en Mineápolis y mucho antes de que se intensificaran los operativos federales en su propio barrio del condado de San Bernardino. Volver a México siempre había estado en sus planes. Pero querían hacerlo a su manera, jubilándose allí algún día. La represión del gobierno de Donald Trump les había impulsado a hacer ese “algún día” ahora.
La partida de la pareja afectó mucho a la familia. Ahora ven las noticias con sentimientos encontrados, mientras Enrique y Maria Elena comienzan una nueva vida en México y sus hijos adultos luchan por seguir adelante sin ellos. Ninguno de los amigos o familiares de la pareja intentó hacerles cambiar de opinión y hubo pocos debates acalorados sobre la decisión. En su comunidad, las redadas federales de migración hicieron que una medida tan extrema pareciera totalmente razonable.
“Es una mezcla de todos esos sentimientos: estar agradecidos por saber que están a salvo y al mismo tiempo odiar que tenga que ser así”, dijo Lizbeth Castillejos, de 29 años, hija mayor de la pareja.
En la cafetería, Maria Elena y Enrique podían sentir que el tiempo apremiaba. Era el 8 de agosto. Apenas les quedaban dos semanas. Sus casi 30 años en Estados Unidos estaban llegando a su fin.
“Ya casi”, le dijo Enrique. Pronto sería el momento.
Maria Elena dejó su taza de café sobre la mesa. “Ya casi”, repitió.








Maria Elena tuvo que meter todas sus pertenencias en apenas unas cuantas maletas. Insistió en llevarse un pedacito de su hogar: sus cortinas.
Algunas eran finas y delicadas, otras gruesas para amortiguar el sonido. Doradas, rojas, verdes: un color para cada estación. Habían alquilado la casa en Bloomington, una comunidad no incorporada a unos 80 kilómetros al este de Los Ángeles, durante más de 10 años. Era una zona semirrural, con banquetas de tierra y vecinos que andaban a caballo. Afuera, Enrique criaba gallinas en el patio trasero. Adentro, Maria Elena tenía sus cortinas.
Para hacerles sitio en el equipaje, Maria Elena sacó todos los calcetines. Su hija menor, Helen, de 23 años, maestra de escuela, le dijo que no se preocupara porque podrían comprar cosas nuevas en México.
Finalmente, Maria Elena se rindió. Dejar Estados Unidos también significaba dejar sus cortinas.
















Era la hora del almuerzo. Maria Elena y Enrique apenas se habían sentado a la mesa de la cocina, con platos de bistec, arroz blanco, frijoles negros y nopal cortado en cuadritos delante de ellos.
De repente, alguien llamó con fuerza a la puerta. Por un momento, la conversación se interrumpió.
Durante meses, agentes de migración enmascarados parecían aparecer por todas partes en el sur de California, y el miedo se apoderaba de comunidades enteras. A excepción de las citas médicas a causa de una fractura en el pie y de salidas estratégicamente programadas al mercado, Maria Elena había dejado de salir de casa.
Un día, Enrique había llamado a su hija Lizbeth, quien trabaja para un grupo local de defensa de los derechos de los migrantes. Un sedán blanco lo iba siguiendo. Pensó que podría ser el ICE.
No había pasado nada, pero era otra señal de que la vida tal y como la conocían en Estados Unidos había terminado.
Tenían miedo de ser detenidos por los agentes, no tanto por la amenaza de deportación como por la incertidumbre de la detención. Uno de los objetivos de la campaña de deportación masiva del gobierno de Trump es asustar a la gente para que se autoexpulse. Esa estrategia había funcionado con Enrique y María Elena. Aun así, habían decidido no aceptar la oferta del gobierno de Trump de 1000 dólares y un vuelo de regreso a casa para los migrantes que se autodeportaran porque no confiaban en que el gobierno respetara el acuerdo.
Al final, no hubo ningún incidente dramático que incitara su salida; simplemente se habían cansado, día tras día, de ver cómo su mundo se encogía hasta coincidir con los límites de su hogar.
“Él dice ‘los criminales’, y nosotros no nos creemos criminales”, dijo Maria Elena sobre el presidente, y añadió: “Nosotros nos consideramos gente trabajadora. Y él nomás decía que los criminales, y resulta que para él todos somos criminales”.
Aunque vivían en Estados Unidos de manera ilegal, la pareja no veía ninguna contradicción en ello: los migrantes sin documentos formaban parte del tejido de la vida cotidiana en el sur de California. Con el tiempo, no les pareció especialmente arriesgado.
Aun así, expresaron su pesar por no haber obtenido nunca un estatus legal. En 2006, Maria Elena y sus hijos se habían unido a las protestas en Los Ángeles exigiendo la amnistía para los migrantes indocumentados. La familia también había hablado de otra vía: si uno de sus hijos se alistaba en el ejército, Maria Elena y Enrique podrían obtener el derecho a quedarse. Cada uno de sus tres hijos había considerado seriamente alistarse al cumplir 18 años. Sin embargo, la pareja nunca quiso que sus hijos dejaran de lado sus sueños y carreras por sus padres.
¿Los agentes de migración estaban frente a la casa? En respuesta a los golpes en la puerta, Joaquin, el hijo de 26 años de Enrique y Maria Elena, corrió a abrirla. Era su buen amigo Kike, que había pasado a saludar.










Todos estaban preocupados por Rex, el desgreñado perro de 14 años de la familia. Maria Elena y Enrique habían decidido sacrificar a Rex antes de marcharse. Estaba enfermo, apenas podía caminar y sufría dolores constantes.
Rex había visto crecer a Joaquin y Helen, desde que eran niños hasta que se convirtieron en adultos. Un día, cuando Joaquin estaba fuera en la universidad, se enteró de que sus padres iban a regalar al perro a un amigo de la familia porque Rex había estado matando gallinas en el patio trasero. Joaquin volvió corriendo a casa. Él mismo se hizo cargo de Rex.
Esta vez, Joaquin ni siquiera intervino para salvarle. Todos estaban de acuerdo en que Rex estaba sufriendo. A pesar de eso, despedirse del perro era como despedirse de un miembro de la familia. Rex era una “constante”, como decía Helen, y esas constantes estaban llegando a su fin mientras la familia se preparaba para la autodeportación.
“Se tiene que hacer pronto”, le dijo Helen a su padre durante la cena mientras discutían cuándo dormir a Rex. Pero ella no quería que se hiciera tan pronto.
“En este momento es mucha pérdida”, añadió. “No puedo con dos”.











Enrique, nervioso, se puso de pie al frente de la iglesia y se aferró al micrófono. Con Maria Elena a su lado, le anunció a la congregación que se iban a México.
Para Enrique, no se trataba tanto de la voluntad del presidente, sino de la de Dios.
Él veía la autodeportación como una oportunidad para difundir la palabra de Dios a su familia en su ciudad natal de Mapastepec, cerca del terreno donde habían decidido mudarse en una zona rural de Chiapas. Encontraba consuelo en el Salmo 37, que dice que Dios no abandona a quienes creen en él.
Todos los domingos, Enrique llevaba un cuaderno con apuntes sobre las Escrituras y una Biblia con su nombre garabateado en el lomo. Maria Elena iba con una pandereta para los himnos. Y en casa, Enrique dirigía las oraciones antes de las comidas.
Para Maria Elena, dejar Estados Unidos era una forma de limpiar su conciencia ante Dios. La pareja dijo que, durante años, Enrique había estado utilizando la identidad de otra persona, una práctica común pero ilegal entre muchos migrantes indocumentados a fin de obtener la documentación necesaria para trabajar en el país. Aseguraron que poco después de llegar a Estados Unidos, un amigo había ayudado a Enrique a utilizar la identidad de un hombre hondureño que tenía permiso de trabajo. El año pasado, el gobierno de Trump puso fin a ese tipo de autorización laboral, lo que dificultó que Enrique siguiera utilizando esa identidad.
La culpa atormentaba Maria Elena. “Ya nos cansamos de la mentira”, dijo, y añadió: “Porque ante Dios tiene uno que estar bien. No puedes ser un hijo de Dios y mentir con dos nombres”.
Ella ya tenía un nombre para el terreno de cultivo que les esperaba en su natal Chiapas: Rancho la promesa de Dios.
En la iglesia, una larga fila se formó delante de ellos. Durante media hora, uno por uno, los feligreses los abrazaron, entre lágrimas.














Michael, de 2 años, correteaba por la sala de estar, con sus juguetes de colores brillantes esparcidos por todo el suelo de baldosas. Olivia, de 4 años, estaba absorta en unos dibujos animados en la televisión.
Maria Elena cuidaba de sus nietos.
La casa de los abuelos era donde los pequeños aprendían español y donde Enrique cortaba fruta para darles, un trozo tras otro. Eran estos los días que los abuelos atesoraban. Eran estos los días que hacían llorar a Maria Elena.
“Nomás cuando veo a mis nietos y digo, ‘Ay, ¿quién los va a cuidar?’”.











Enrique sacó sus cosas del viejo Toyota turquesa. Su amigo de toda la vida, Kike, el que había pasado a saludar aquel día, estaba allí para recogerlo. Para Enrique, eso significaba que ya no tendría que preocuparse por deshacerse de ese cacharro viejo.
Kike y Enrique tenían mucho en común, incluidos sus nombres. Kike es el diminutivo de Enrique. Los dos son del mismo pueblo de México y acabaron aquí, en el mismo lugar de Estados Unidos.
A Kike le entristecía verlos marchar, pero él también estaba pensando en irse debido a las medidas que el gobierno de Trump estaba tomando contra los migrantes.
“Se están queriendo ir muchos paisanos”, dijo. “Parece que ya no se va a solucionar esto. Va de mal en peor”.














Cada uno de los hermanos tuvo su turno ante el micrófono.
Era la fiesta de despedida de Enrique y Maria Elena, en una propiedad cercana. Ese mismo día, la familia dijo adiós a Rex antes de sacrificarlo. Un mariachi entonó baladas cristianas. Mariposas, símbolo de la migración, decoraban una imponente mesa de frutas.
Joaquin dijo que echaría de menos las pequeñas cosas, como pasar a comer los frijoles de su mamá a la hora del almuerzo.
Helen, la más joven, habló de cómo mamá y papá siempre habían estado ahí. Cuando sus hermanos mayores se habían ido de casa, ella se había quedado. Ahora, por primera vez, los tres —Helen, Maria Elena y Enrique— se separarían.
Lizbeth trató de enfocarse en lo positivo.
Dijo que se trataba de un nuevo capítulo. El legado de sus padres en Estados Unidos perduraría. Tres hijos con estudios universitarios y carreras dignas. Y dos nietos, una con la edad suficiente para expresar su deseo de pasar todos los veranos en Chiapas.
En las tarjetas de invitación a la fiesta que Lizbeth había enviado semanas antes, no había nada que sugiriera la gravedad de la autodeportación. La ocasión se titulaba simplemente “Nuevos comienzos”.
















Era el 24 de agosto. Habían pasado 16 días desde aquella visita a la cafetería de donas después de ir a la iglesia.
En la casa de Bloomington, luego del café instantáneo y el pan dulce, la familia se reunió en la sala de estar e inclinó la cabeza. Ese era el día en que Maria Elena y Enrique se autodeportarían.
“En esta mañana, Señor, estamos agradecidos contigo, porque nos tuviste en esta tierra, en este país 29 años”, dijo Enrique. “Y te damos gracias porque tú nunca nos desamparaste”.
Luego se apretujaron en la camioneta y emprendieron el viaje de dos horas hasta el paso fronterizo de San Diego.
En un abrir y cerrar de ojos, al cruzar a México, 29 años se reiniciaron a cero. Era la primera vez que regresaban juntos. Era su país natal, pero una sensación de asombro pareció apoderarse de Maria Elena y Enrique. Hacía casi tres décadas que habían ingresado a Estados Unidos, por esa misma frontera, a pie. En un principio, la intención había sido quedarse unos pocos años, ahorrar dinero y volver a México. Pero después de tener hijos, los planes cambiaron.
“Saliendo del sueño americano, y ahora entramos al sueño mexicano”, le dijo Maria Elena a su familia en español en la camioneta.
Muted


















Un día soleado los acogió en Tijuana mientras paseaban por el centro de la ciudad. Maria Elena se desplazaba en un escúter debido a su pie roto. Se sentía fuera de lugar. Joaquin la abrazó, tratando de animarla. Planeaban quedarse en casa de unos parientes hasta que fuera hora de tomar su vuelo a Chiapas.
En los meses venideros, Maria Elena y Enrique intentarían adaptarse a la vida en México. Se quedarían con familiares y avanzarían lentamente en la reparación de una pequeña vivienda en su terreno. Por momentos, se sentirían abrumados y nostálgicos.
Pero antes de todo eso, este primer día soleado en Tijuana, Enrique sacó su identificación mexicana y sonrió. Podría haber parecido un viaje familiar como cualquier otro. Nadie habló de las fuerzas políticas y los temores que los obligaron a marcharse.










A man hugs a woman in a striped shirt.





Después de que sus hijos los dejaron en México y regresaron a casa en la camioneta, sintieron un aire de optimismo mientras esperaban en la larga fila del paso fronterizo. Vendedores de churros, papas fritas y adornos religiosos caminaban entre los coches.
Joaquin lamentó no tener tiempo para ver un último partido de los Dodgers con su padre o para hacer un viaje familiar a la playa.
Lizbeth le aseguró que tendrían oportunidad de crear muchos recuerdos en Chiapas.
Helen, la maestra, estaba ansiosa por llegar a casa y preparar su plan de clases para la semana. Leyó en voz alta una lista que le había dado su mamá. Tenía todas las cosas que se había olvidado de empacar, pero que quería que le llevara la próxima vez que los viera.
“Number one”, leyó Helen en voz alta en la camioneta, “búscame aretes”.

Habían pasado horas cuando finalmente un agente de aduanas les dio la señal para entrar en Estados Unidos. Poco después, todos excepto el conductor se quedaron dormidos y el camino a casa transcurrió en silencio.
Se despertaron lentamente mientras el coche llegaba a la casa en Bloomington.
Olivia, de 4 años, se dio cuenta de que estaba en casa de los abuelos. Entonces, se dio cuenta de que los abuelos no estaban allí. Los llamó a gritos.
Los hermanos se abrazaron en medio del camino de entrada. Sus padres les habían contado una vez cómo se sentían al dejar atrás su vida en Estados Unidos. Dijeron que era como una especie de muerte.
Lizbeth, rodeada esa noche por sus seres queridos en la entrada de la casa vacía de sus padres, sintió lo mismo. Lo llamó pesar.

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