En los cuatro años de gobierno de Joe Biden, causante de la peor inflación en las últimas cinco décadas, las tarjetas de crédito se convirtieron en el principal “salvavidas” para la mayoría de los estadounidenses, ante la brutal escalada de precios.
El concepto “salvavidas” tiene una connotación mucho más amplia y contraproducente para los consumidores. El crédito abre oportunidades, pero para gran parte de las personas se convierte luego en la guillotina de sus ingresos personales.
Hace 20 años atrás, los prestamistas de tarjetas de crédito obtenían ganancias abultadas cuando el margen de interés en el pago de los prestatarios oscilaba apenas entre el 6% y el 9%. En esta época la irresponsabilidad individual en las finanzas era una de las causas principales de la morosidad en los pagos. Cualquier trabajador con un salario promedio podía enfrentar sin grandes dificultades los pagos mensuales de sus tarjetas de crédito,, en medio de condiciones de precios asequibles de la canasta básica y flexibilidad de los prestamistas.
Pero, esa realidad cambió de forma agresiva y en contra de los titulares de las tarjetas de crédito, por múltiples razones en la relación prestamista-prestatario.
Tras la crisis hipotecaria (2006 -2009), engendrada como se conoce por los propios bancos, los intereses de las tarjetas de crédito se dispararon de repente y de forma general entre el 18% y el 22%, sin importar el historial de pagos en tiempo ni el récord crediticio ejemplar.
Millones de consumidores sintieron impotencia ante la drástica subida, que calificaron de abusiva e injustificable, debido a que el gobierno federal destinó cientos de miles de millones de dólares como reserva y rescate para evitar acciones como la anterior por parte de los bancos. Sin embargo, todo continuó en la misma línea de ascenso sin corrección.
Desde antes del 2020, los estadounidenses han terminado pagando intereses de hasta el 33% en dichos préstamos; es decir, si antes pareció abusivo, ahora el calificativo puede ser más fuerte: “exagerada injusticia”.
Por tal razón, el presidente Donald J. Trump propuso a bancos y prestamistas de tarjetas de crédito -mediante un decreto presidencial- reducir durante un año el interés máximo al 10%, con el objetivo de hallar un alivio inmediato para los consumidores.
La sugerencia reduciría incluso la morosidad en los pagos, que hoy se encuentra como promedio en un período superior a los 30 días, con un alza del 9% en 2025 respecto al año anterior, ya en extremo alta.
Banqueros y deudas
La fecha límite para la respuesta de las instituciones venció el 20 de enero, pero en la mayoría de los casos existe un silencio inquietante sobre el tema. De acuerdo con fuentes dentro de la banca, la propuesta ha caído como un balde de agua helada; sin embargo, nadie tampoco pretende enfrentarse a la sugerencia de la Casa Blanca.
El elevado nivel de ganancias actuales de bancos y otras compañías de préstamos les permite un reajuste de ingresos sin ninguna dificultad para cumplir con la recomendación. Pero una realidad se impone. Nadie quiere ganar menos cuando los números en verde han brillado durante años.
La Asociación Americana de Banqueros (ABA, por su siglas en inglés) reaccionó en un comunicado en el que afirma que la medida podría desembocar en una disminución de la disponibilidad de crédito y el aumento de otras tarifas, una salida que Trump no aceptaría.
La respuesta era de esperar cuando los grandes bancos en las últimas dos décadas han visto un aumento descomunal en sus arcas, gracias – entre otras causas- a los altos intereses de tarjetas de crédito y en préstamos en la compraventa de vehículos, con un énfasis en los últimos cinco años en la adquisición de viviendas y propiedades comerciales.
Pero el ascenso en los dividendos en 2025 ha venido también de las gestiones negociadoras del presidente Trump mediante suculentos acuerdos de inversiones en el país que superan los 4 billones de dólares, de los cuales los bancos también se benefician. De ahí la dubitación a la hora de responder a la iniciativa de la Oficina Oval.
La deuda promedio por cada tarjeta de crédito de los estadounidenses es de casi de 8.000 dólares. Si se calcula un interés del 33%, el pago mensual mínimo exigido supera los 300 dólares.
Gran parte de los consumidores estadounidenses posee como media unas tres tarjetas de crédito. Sólo en pagos mínimos mensuales, una persona tendría que desembolsar, durante años, más de 1.000 dólares, sin poder liquidar la deuda y en la mayoría de los casos ni reducirla.
Los registros y el historial financiero de las familias en EEUU indican que más de la mitad enfrenta dificultades graves con sus deudas al no poder cubrirlas, en especial en gastos médicos y tarjetas de crédito, según registros oficiales.
El ahogo de los prestatarios
En la actualidad, el 23% en EEUU tiene problemas para el pago mensual de una vivienda, ya sea renta o compra, mientras que el 72% tiene alguna forma de deuda.
Más de uno de cada cuatro personas (26%) en EEUU se atrasó más de una vez en los últimos 12 meses en el abono de sus deudas. Finalmente, y ante la imposibilidad de pagar, muchos acuden a la bancarrota, pero no todos califican frente a los requisitos cada vez más estrictos, luego de años de prácticas abusivas y fraudulentas también por parte de deudores oportunistas.
En EEUU, un tercio de los adultos suma un total de 50.000 dólares de promedio en deudas médicas.
Por su parte, el 44% de los titulares de tarjetas de crédito pagan menos de la mitad de sus saldos mensuales y de forma tardía, lo que genera aún más intereses compuestos y penalidades que se agregan al saldo adeudado para el siguiente período de cobro por parte de los prestamistas.
En resumen, los estadounidenses chocan cada mes con una montaña de deudas que crece sin freno.
Esta crisis tiene en asfixia financiera a decenas de millones de personas y familias en EEUU, que a duras penas pueden costear un techo y alimentos. El plan de vacacionar se convirtió en un lujo impensable para muchos, que se ven obligados a tener dos empleos simultáneos para enfrentar deudas y pagos fijos imprescindibles como electricidad, agua, comida, autos, seguros, medicinas, etc.
Aunque antes de la llegada de Joe Biden, ya la crisis asomaba, en este período de gobierno y bajo la disparada de precios, la situación se agravó de forma casi irreversible para buena parte de los estadounidenses.
Los grandes bancos y sus ganancias
JPMorgan Chase, Bank of America y Wells Fargo, entre otros, cerraron 2025 con ingresos anuales en alza.
El mayor grupo bancario del país, JPMorgan Chase, aumentó sus ingresos un 3% (185.581 millones de dólares). Su ganancia neta el año pasado fue de 57.048 millones de dólares, mientras que en el anterior sus beneficios registraron un récord.
Por su parte, Bank of America ganó un 13% más que el año pasado con 30.509 millones de dólares. Sus ingresos aumentaron casi un 7% hasta los 113.097 millones de dólares. Solo en el último trimestre, el beneficio del banco creció un 12,35%, hasta los 7.647 millones de dólares.
La cuarta mayor entidad bancaria del país, Wells Fargo, logró un resultado neto de 21.338 millones de dólares, un 8,2% más que el año anterior. En el 4to trimestre del 2025, su beneficio neto fue de 5.361 millones de dólares, un 5,55 % más que un año antes.
Pero en el sector de inversiones, los datos son impresionantes.
Los principales bancos de inversión, Goldman Sachs y Morgan Stanley, cerraron el 2025 con beneficios netos de más de un 20%, respecto al ejercicio del año anterior.
Goldman Sachs obtuvo un beneficio neto de 17.180 millones de dólares, lo que supone un incremento del 20,3%, mientras que Morgan Stanley ingresó un 26% más que el año anterior, y 4.397 millones de dólares en el cuarto trimestre, un 18,4 % más que en el mismo de un año antes.
El banco de inversión con sede en Nueva York logró otro récord en su facturación neta con 70.645 millones de dólares, 14,4 % más que un año antes.
BlackRock, el mayor gestor de activos en el mundo, ingresó un 19% superior que en 2024.
Los datos anteriores confirman la salud del sistema bancario de EEUU, pese a la crisis de marzo de 2023 en la que quebraron tres importantes instituciones financieras; la segunda mayor quiebra bancaria en la historia del país. Entre los que cayeron estuvo el Silicon Valley Bank junto a Silvergate Bank y el Signature Bank.
Casi todos los grandes bancos antes mencionado son además emisores de tarjetas de crédito, y por supuesto, [no muy conformes] con una reducción de los altísimos intereses en las tarjetas de crédito.
En las últimas horas y ante tantos temas en la agenda presidencial, Trump no se ha referido a este asunto, que aliviaría a decenas de millones de estadounidenses.
Las acciones de los bancos estadounidenses están ahora bajo presión, mientras Wall Street se apresuraba a incorporar en los precios el límite del 10% en las tarjetas de crédito propuesto por el presidente Donald Trump.
Varias grandes compañías emisoras de tarjetas de crédito contactadas por la cadena de televisión CNBC, según se afirma en reportes noticiosos, dijeron que no habían realizado ningún cambio en sus tasas de interés, pero “todas se negaron a ser identificadas como desafiantes” frente a la propuesta del Presidente.
¿”Desastre económico”?
Algunos ejecutivos bancarios advierten de un “desastre económico” y un impacto de 100.000 millones de dólares, algo similar a las falsas predicciones de una recesión económica en EEUU con la política arancelaria del jefe de la Casa Blanca.
A uno de los que no le ha gustado la iniciativa de Trump es el presidente ejecutivo de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, a quien las abultadas cifras de su banco le parecen pequeñas o en peligro. Nunca en la historia del país un banco tradicional ha ganado tanto dinero y beneficios como Morgan Chase.
Dimon, dijo que “la iniciativa de Trump de limitar las tasas al 10% provocaría que los consumidores perdieran el acceso al crédito y que la política terminaría en un ‘desastre económico’”, como si siempre los prestamistas hubieran tenido los actuales intereses en las tarjetas de crédito sin ganar dinero.
La postura de Dimon se dirige a la defensa férrea del enorme caudal de Chase y no a la sensatez del momento. Pero a los banqueros, como a las grandes empresas, sólo les interesa ganar más, aunque un paso hacia el lado sólo les represente un ápice de menos ingresos y de manera temporal (un año).
De ahí se desprende la exageración del calificativo “desastre económico” de Dimon, quien no es la primera vez que engrandece o dramatiza un suceso en la suma de sus “equivocaciones” o verdaderas intenciones, como ha dicho el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent.
La ABA (American Bankers Association) declaró que al menos 137 millones de titulares de tarjetas y una gran parte de los nuevos solicitantes podrían ver sus cuentas cerradas o sus solicitudes denegadas si se implementa el límite propuesto.
La declaración significa un modo de presión a la Casa Blanca con el objetivo de que desista de la idea.
Trump pidió al Congreso que promulgue un límite legal del 10% a las tasas de interés de las tarjetas de crédito, una medida que eliminaría la ambigüedad, pero que enfrenta una fuerte resistencia del lobby financiero y de algunos congresistas.
Si ha existido un presidente que defiende la pequeña, mediana y gran empresa, ese es Trump, un gran empresario y no un político de carrera. Por lo cual, no se trata, como han explicado sus asesores económicos, de un ataque al sector financiero, sino de un mínimo de cooperación tras cuatro años de histórica inflación.
La ironía y la gratitud
En la actualidad, no existe ley ni orden ejecutiva que obligue a las entidades crediticias a cobrar un interés máximo del 10% en las tarjetas de crédito, un punto que tanto los defensores de los consumidores como los abogados del sector han destacado al analizar qué puede hacer la Casa Blanca sin la aprobación del Congreso.
Tampoco hay ninguna norma vinculante de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor que obligue a los bancos a cumplir con esta medida, a pesar de que la administración Trump se refiere a acciones voluntarias e insinúa futuras presiones regulatorias.
A modo de ironía, el presidente de JPMorgan Chase abogó por una prueba del límite del 10% a las tasas de interés de las tarjetas de crédito en dos estados: Vermont y Massachusetts, los estados de origen de los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren, respectivamente, quienes apoyan un proyecto de ley que limita las tasas de las tarjetas al 10% durante cinco años.
Aunque Dimon no mencionó directamente por sus nombres a los senadores de extrema izquierda, sus declaraciones llevan implícito el vínculo.
El gobierno estadounidense “debería obligar a todos los bancos a hacerlo en dos estados, Vermont y Massachusetts, y ver qué sucede”, señaló Dimon, provocando risas entre el público reunido durante una sesión del reciente Foro Económico Mundial en Davos, Suiza.
Dimon dijo que “la izquierda y quienes defienden el control de precios aprenderán una verdadera lección: quienes más sufrirán no serán las compañías de tarjetas de crédito”, concluyó.
El objetivo de Trump no es sancionar a la banca privada, al estilo de los radicales de izquierda, sino hallar una solución inmediata a la asfixia financiera de las familias estadounidenses, agudizada bajo el gobierno de Joe Biden por la gran inflación, junto al pago de intereses exasperantes en la última década.
El actual jefe de la Oficina Oval, a tono personal, ha traído las mayores inversiones de la historia del país. Los grandes bancos estarían entre los primeros beneficiados; por eso -y en este caso con un tiempo limitado de un año- lo que parecería una intromisión en la propiedad privada o control del gobierno federal, se podría definir como “colaboración empresarial de gratitud” a la mayoría de los estadounidenses.


