Michael Phelps revolucionó al mundo del deporte. No sólo al de la natación. Es que con sólo 15 años, hizo su estreno en los Juegos Olímpicos de Sydeny 2000, en lo que fue el comienzo de un camino que lo llevó a ganar 28 medallas -23 de oro- para convertirse en el atleta que más veces se subió al primer lugar del podio en la historia del evento multidisciplinario más grande del planeta.
Pero más allá del éxito deportivo, la vida del Tiburón de Baltimore no fue fácil. Es más, una profunda depresión lo hizo conocer su propio infierno: adicciones a las drogas y el alcohol lo condujeron por un camino esquivo. Llegó a estar cinco días encerrado en una habitación. Solo junto a su alma dañada. “Una parte de mi vida no quería seguir viva”, confesó en diálogo con la cadena CNN, durante una entrevista en la que puso sobre la mesa sus problemas con la depresión y la salud mental, ya retirado del alto rendimiento tras los Juegos de Río 2016
Pero antes de eso, un mano a mano con el periodista de Sport Illustrated Tim Layden fue trascendental para reconocer el conflicto personal que atravesó en medio de la gloria deportiva. Una semana después de ser arrestado en Baltimore, voló con destino a Arizona para ingresar a un centro de tratamiento. “Es el miedo más grande que he sentido en mi vida”, relató en esa entrevista que quedó en la memoria de sus fanáticos.
Hoy, una década más tarde de la portada de esa nota en la reconocida revista en Estados Unidos, la publicación le otorgó el premio legado Muhammad Alí en honor a aquellos que tienen un impacto directo en la comunidad. “Después de esa historia, ya no me escondí del espejo”, dijo Phelps. “Me sentí, no sé, más ligero”, agregó sobre lo que calificó como “segunda vida” después de la traumática situación que vivió.
Para saber cómo llegó a pensar en quitarse la vida el mejor nadadora de todas las épocas, hay que entender cómo se forjó su carrera. Desde pequeño, Michael quería ser siempre el centro de atención. “Hacía 25 millones de preguntas y, si no pasaba con su triciclo, estaba columpiándose como los monos”, le contó su madre Deborah al New York Times durante el éxito en los JJOO de 2008.


