La agencia federal Immigration and Customs Enforcement (ICE) fue creada con el argumento de proteger la seguridad nacional y hacer cumplir la ley migratoria. Sin embargo, para millones de inmigrantes en Estados Unidos, ICE no representa orden ni justicia, sino miedo, arbitrariedad y abuso de poder.
Lo que debía ser una institución regulada por límites legales claros se ha transformado, en la práctica, en una fuerza que opera con una alarmante falta de control y sensibilidad humana.
En comunidades inmigrantes de todo el país —y particularmente en ciudades como Nueva York— ICE se ha convertido en sinónimo de redadas sorpresivas, detenciones en tribunales, arrestos colaterales y separaciones familiares. No se trata solo de hacer cumplir la ley, sino de cómo se hace, a quién se persigue y con qué consecuencias.
El abuso de poder no siempre se manifiesta con violencia física. A veces se expresa en la intimidación sistemática, en el uso del miedo como herramienta de control. Agentes federales esperando a personas fuera de cortes migratorias, deteniendo a individuos que cumplen con sus citas legales, o actuando con información opaca y sin órdenes claras, son prácticas que han erosionado la confianza pública y la legitimidad institucional.
ICE ha sido señalada repetidamente por organizaciones de derechos humanos por operar en una zona gris legal, aprovechando vacíos normativos y la complejidad del sistema migratorio.
Muchas de sus acciones pueden ser técnicamente legales, pero profundamente injustas. La legalidad, sin ética ni proporcionalidad, se convierte en una forma sofisticada de abuso. Uno de los aspectos más preocupantes es la deshumanización del inmigrante. Para ICE, muchas veces, las personas dejan de ser padres, madres, trabajadores o estudiantes, y pasan a ser simples “casos” o “números”.
Esta lógica burocrática facilita decisiones que destrozan familias, afectan a niños ciudadanos estadounidenses y condenan a comunidades enteras a vivir en la sombra.
El abuso de poder también se evidencia en la falta de rendición de cuentas. ICE opera con una supervisión limitada, escasa transparencia y un historial de investigaciones internas que rara vez terminan en consecuencias significativas. Cuando una agencia armada, con amplias facultades y poco control externo, actúa de esta manera, el riesgo para los derechos civiles es evidente.
Nueva York, una ciudad construida por inmigrantes, ha sido escenario recurrente de esta tensión. Aunque se define como ciudad santuario, la presencia de ICE y su capacidad de operar bajo jurisdicción federal han demostrado los límites de las políticas locales frente a un aparato federal decidido a imponer su agenda. El resultado es una ciudad dividida entre su identidad inclusiva y el temor constante de miles de residentes.
El problema no es solo ICE como institución, sino el uso político que se hace de ella. En determinados contextos, la agencia se convierte en un instrumento para enviar mensajes de “mano dura”, especialmente en períodos electorales. La inmigración deja de ser un tema de política pública y se transforma en un arma retórica, donde el castigo sustituye a la solución.
Defender el estado de derecho no puede significar normalizar el abuso. La ley migratoria estadounidense es compleja, anticuada y, en muchos aspectos, profundamente injusta.
Aplicarla sin criterio humano ni proporcionalidad no fortalece la democracia; la debilita. Cuando el cumplimiento de la ley ignora el impacto social y humano, se acerca peligrosamente al autoritarismo.
Es importante decirlo con claridad: criticar a ICE no es atacar la ley, ni promover la ilegalidad. Es exigir que el poder del Estado se ejerza con límites, supervisión y respeto por la dignidad humana. Es reclamar que la seguridad no se construya a costa del miedo de comunidades enteras.
Estados Unidos se enfrenta a una decisión moral. Puede seguir permitiendo que una agencia opere como una fuerza temida, distante y opaca, o puede iniciar una reforma profunda que redefina su misión, limite sus facultades y garantice mecanismos reales de control.
Sin esa reforma, cualquier discurso sobre derechos humanos queda vacío. Las protestas recientes, las denuncias legales y el creciente rechazo social hacia ICE no surgen de la nada. Son la respuesta acumulada de años de abusos, silencios y normalización de prácticas que nunca debieron aceptarse. Cuando miles de personas salen a la calle a decir “No ICE”, no están pidiendo caos; están pidiendo humanidad, justicia y límites al poder.
Una democracia se mide no por cómo trata a los poderosos, sino por cómo trata a los más vulnerables. Mientras ICE continúe operando sin una transformación profunda, el sistema migratorio seguirá siendo una herida abierta en el corazón del país.
El abuso de poder no es un accidente. Es el resultado de decisiones políticas. Y como toda decisión política, puede —y debe— ser corregida. Porque ningún país que se llame democrático puede aceptar que el miedo sea política pública.


