Con el paso de los años, muchas conductas negativas dejaron de verse como incorrectas y comenzaron a asumirse como mecanismos normales de supervivencia. El mayor retroceso que enfrenta Venezuela hoy no es económico ni tecnológico. Es moral y cultural, es decir, en esencia social.
El problema reside en la degradación de la cultura social: en esa mentalidad donde lo importante ya no es construir, sino ver cómo se “friega al otro”; cómo se gana el 200% sobre un producto, cómo se evade una norma o cómo se irrespeta una ley básica sin el menor remordimiento.
La escasez, la corrupción institucional promovida durante años por el chavismo y la impunidad terminaron normalizando frases como: “Si no lo hago yo, otro lo hará”. Cuando una sociedad comienza a pensar así, inevitablemente se destruye la confianza social.
En Venezuela se volvió cotidiano colarse en una fila, pagar coima para entrar por la puerta de atrás, sobornar, estafar o celebrar al “más vivo”. Poco a poco, muchas conductas que antes generaban vergüenza comenzaron incluso a admirarse, por ejemplo, el policía o guardia nacional que de forma descarada y delante de todos pide “veinte dolitas” para dejarte ir.
La viveza criolla no nació con la revolución bolivariana, pero durante estos años el sistema terminó premiando muchas de esas conductas y convirtiéndolas en herramientas de supervivencia y ascenso social.
Sí, la corrupción se consolidó desde el poder, pero terminó extendiéndose a toda la sociedad cuando comenzó a admirarse al que abusa, al que evade normas, al que engaña y al que consigue privilegios gracias a sus contactos.
Por eso estoy convencido de que gran parte de la clase política venezolana no es una anomalía aislada, sino también un reflejo del deterioro social que dejó más de un cuarto de siglo de revolución bolivariana. Quizás ese sea el mayor legado del chavismo: haber profundizado la erosión de valores fundamentales dentro de la sociedad.



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