Jaua no fue un funcionario marginal. Formó parte del núcleo duro de poder de Chávez y posteriormente del gobierno de Maduro, que lo fue apartando. Ocupó cargos clave como ministro de Agricultura, vicepresidente de la República, canciller y ministro de Educación.
Su trayectoria está íntimamente ligada al proceso de radicalización del chavismo, a las expropiaciones masivas y al desmontaje del aparato productivo venezolano. También a la importación del modelo político cubano promovido por Fidel y Raúl Castro.
Durante años, defendió la tesis de la “revolución permanente”, la confrontación social y la subordinación ideológica al castrismo. Fue uno de los dirigentes que ayudó a legitimar la penetración política y de inteligencia cubana en Venezuela, precisamente el tipo de injerencia que ahora pretende denunciar cuando proviene de Washington.
La pregunta que se hacen muchos venezolanos es inevitable: ¿con qué autoridad moral habla Jaua de “administración colonial” cuando el chavismo entregó áreas estratégicas del Estado venezolano al aparato cubano?
El rostro de las expropiaciones
Elías Jaua fue uno de los funcionarios más visibles de la política de confiscaciones impulsada por Chávez. Desde el Ministerio de Agricultura defendió la toma de tierras y empresas privadas bajo el discurso de la “soberanía alimentaria”.
Uno de los casos más emblemáticos fue la expropiación de Agroisleña en 2010. La empresa era la principal distribuidora de insumos agrícolas del país. Chávez la acusó de “usura” y ordenó su ocupación. Jaua respaldó públicamente la medida.
El resultado terminó siendo devastador para la producción agrícola nacional. Años después, el propio chavismo comenzó a reprivatizar empresas expropiadas tras el colapso operativo y financiero de muchas de ellas.
La expropiación de Agroisleña incluso derivó en condenas internacionales multimillonarias contra el Estado venezolano. El CIADI ordenó compensaciones superiores a 1.600 millones de dólares por las confiscaciones realizadas durante el chavismo. (reddit.com).
Pero existe un episodio aún más oscuro asociado al paso de Jaua por el poder: el caso del productor agropecuario Franklin Brito.
Brito inició una larga protesta luego de denunciar irregularidades en la adjudicación de sus tierras. Tras años de huelgas de hambre y enfrentamientos con el Estado, murió en 2010 en el Hospital Militar de Caracas. La muerte del agricultor se convirtió en uno de los símbolos más dramáticos del abuso estatal durante el chavismo.
En ese momento, Jaua era vicepresidente de la República y defendió públicamente la actuación del gobierno. Llegó a declarar que Brito se había “autoflagelado” y negó responsabilidades oficiales en su muerte.
La tragedia dejó una huella profunda en sectores democráticos y en organizaciones de derechos humanos, que vieron el caso como evidencia de la brutalidad burocrática del modelo revolucionario.
Cuestionamientos y sanciones
Jaua también ha sido objeto de sanciones internacionales. Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y otros países lo señalaron por su papel en la ruptura del orden democrático venezolano y por su participación en la cuestionada Asamblea Nacional Constituyente de 2017.
Su nombre ha aparecido además en denuncias y señalamientos relacionados con corrupción y redes de poder dentro del chavismo. Investigaciones periodísticas lo han vinculado al entramado político que sostuvo el sistema de control institucional del madurismo.
Lo paradójico es que el propio Jaua terminó admitiendo públicamente errores estructurales del chavismo. En entrevistas posteriores reconoció que el proyecto dejó intacta “la estructura de la corrupción” en Venezuela.
La retórica de la resistencia
El comunicado reciente de Jaua también habla de “resistencia cívica” frente a Estados Unidos. El término genera inquietud por el historial político del dirigente chavista.
Diversos analistas y sectores opositores recuerdan que Jaua fue uno de los impulsores de organizaciones radicales vinculadas a la idea de una “revolución armada” y al fortalecimiento de estructuras parapolíticas en zonas fronterizas como Apure. Su discurso histórico siempre estuvo asociado a la confrontación y al modelo insurreccional inspirado en Cuba y en movimientos guerrilleros latinoamericanos.
En paralelo, durante años crecieron denuncias sobre la presencia y expansión del Ejército de Liberación Nacional en territorio venezolano bajo protección del chavismo. Por eso, su narrativa intentando presentarse como defensor de la soberanía nacional genera rechazo incluso entre antiguos simpatizantes del chavismo originario.
El dirigente que hoy denuncia “colonialismo” fue protagonista del proyecto político que subordinó Venezuela al modelo cubano, destruyó buena parte de la economía productiva mediante expropiaciones y consolidó un aparato de poder acusado de corrupción, persecución y autoritarismo.
Ese pasado sigue pesando sobre cada una de sus declaraciones.


