Personas migrantes con discapacidad enfrentan un aislamiento creciente en Estados Unidos ante el miedo a redadas migratorias, una situación que ha reducido su movilidad, limitado su acceso a apoyos y afectado su bienestar físico y emocional, especialmente en ciudades con alta población latina como Los Ángeles.
De acuerdo con información publicada por Proceso, muchas de estas personas no pueden caminar, utilizan sillas de ruedas, prótesis o viven con ceguera, sordera u otras discapacidades, lo que las coloca en una condición de mayor vulnerabilidad frente a operativos migratorios. Para ellas, salir de casa no sólo implica desplazarse con dificultad, sino exponerse a una posible detención, por lo que el encierro se ha convertido en una forma de protección.
Actividades comunitarias que antes funcionaban como espacios de apoyo, información y acompañamiento han visto baja asistencia. El temor a ser interceptados en calles, transporte público, lugares de trabajo o espacios comunitarios ha provocado que muchas personas opten por permanecer en casa y mantener contacto únicamente a través de reuniones en línea.
Una población invisible y sin cifras claras

De acuerdo con organismos internacionales, no existen estadísticas precisas que permitan conocer cuántos migrantes en situación irregular viven con alguna discapacidad. A nivel global, se estima que alrededor del 15% de las personas desplazadas por la fuerza presentan algún tipo de discapacidad, lo que da una dimensión aproximada del fenómeno.
En Estados Unidos viven millones de migrantes sin estatus legal, y áreas metropolitanas como Los Ángeles concentran una parte importante de esta población. Dentro de este grupo, quienes viven con discapacidad enfrentan barreras adicionales, ya que muchos programas sociales, médicos y de asistencia exigen documentos migratorios para poder acceder a ellos.
La falta de estatus legal limita el acceso a atención médica continua, prótesis adecuadas, terapias de rehabilitación y acompañamiento especializado. En algunos casos, cuando las personas dejan de ser consideradas productivas, quedan expuestas a la situación de calle o a depender por completo de redes comunitarias.
El impacto del miedo en la vida diaria

El contexto migratorio también tiene un impacto directo en familias completas, incluidas niñas y niños, que viven con ansiedad constante ante la posibilidad de una detención. El miedo se refleja en la vida cotidiana, en la forma de desplazarse, en la ausencia en espacios públicos y en la modificación de rutinas básicas, de acuerdo con Proceso.
Organizaciones civiles han reforzado esfuerzos para visibilizar esta realidad, acompañar a personas migrantes con discapacidad y buscar canales de apoyo con consulados, abogados y otras redes solidarias. El objetivo es evitar que este sector quede aislado y sin protección en medio de la incertidumbre migratoria.
Especialistas coinciden en que las discapacidades no deben traducirse en exclusión. Garantizar dignidad, seguridad y acceso a servicios básicos es clave para evitar que el miedo y el encierro se conviertan en una condición permanente.
Mientras el clima de incertidumbre migratoria persiste, miles de personas migrantes con discapacidad continúan viviendo una realidad marcada por el aislamiento, la vulnerabilidad y la dependencia del apoyo comunitario para sostener su vida diaria.


