Este martes, miles de simpatizantes, empleados públicos, miembros de las fuerzas de seguridad y milicianos salieron a las calles de Caracas para respaldar al presidente Nicolás Maduro.
La marcha tenía como telón de fondo una escalada diplomática y militar, según denuncias de Washington, y marcó una demostración de poder y unidad del régimen.
Maduro encabezó el acto vistiendo uniforme militar, empuñando una espada simbólica, en referencia directa al legado del libertador histórico, y animó a sus seguidores con un fuerte discurso. “Estamos obligados a estar unidos. Prohibido fallar en esta coyuntura decisiva para la existencia de la República”, afirmó, bajo una lluvia de gritos de lealtad y banderas.
Según seguidores presentes en la movilización, la presión militar y diplomática de Estados Unidos en el Caribe ha generado un clima de “amenaza externa”, lo que, de acuerdo con el chavismo, legitima la movilización y la preparación ciudadana hacia una eventual “defensa de la patria”. Entre los asistentes hubo milicianos y personas que declararon estar dispuestas a “usar armas para defender” al país ante lo que consideran una agresión imperialista.
Más allá de las imágenes grandilocuentes, esta marcha demuestra hasta qué punto el poder en Venezuela se sostiene sobre dos pilares: miedo externo y control interno. Cuando el régimen convoca a uniformados, partidarios y civiles armados o al menos entrenados, a las calles, no sólo busca legitimar su narrativa de “agresión imperial”, sino también reforzar su control social mediante la militarización del apoyo popular. La espada que ondea en Caracas no representa a un país libre, sino a uno empeñado en construir un relato de guerra permanente, que justifica cárceles, censura y represión como un costo aceptable. Mientras tanto, miles de ciudadanos siguen silenciados y privados de sus derechos, atrapados en un pacto de lealtad impuesto por el miedo.


