El 3 de enero, en medio de una noche de verano en Buenos Aires, un migrante venezolano sacudió a su novia para despertarla y decirle que Nicolás Maduro, el líder autoritario de su país, se había ido.
Otro migrante se levantó sobresaltado en Santiago de Chile cuando su teléfono vibró con la noticia de que Estados Unidos lo había capturado. Muchos más se despertaron con una fotografía de Maduro esposado a bordo de un buque de guerra estadounidense.
Las reacciones fueron inmediatas.
“Voy a regresar”, dijo a su hijo Yanitze Gutiérrez, migrante venezolana en Uruguay, mientras lo llamaba a España, donde él vive.
Cuando Andreína Di Giovanni abrió su tienda de comestibles venezolanos en Buenos Aires, dijo que empezaron a entrar clientes frenéticos.
“La gente lloraba de felicidad”, dijo. “Y ahí empezó a escucharse ‘yo me regreso a Venezuela, me regreso, me regreso, me regreso’”.
Pero hasta ahora la enorme diáspora venezolana, repartida por muchos países, se está quedando donde está, según las Naciones Unidas.
Tras la conmoción inicial que muchos sintieron al enterarse de que Maduro era arrastrado a una cárcel de Nueva York, se ha impuesto una realidad aleccionadora. Los factores que obligaron a muchos de ellos a marcharse —una economía quebrada y dirigentes represivos— siguen vigentes.
Greces Vicuña, de 32 años, quien emigró a Chile en 2018 después de que, según dijo, la encarcelaran durante tres meses por asistir a protestas antigubernamentales, dijo que no piensa volver :“los problemas no están resueltos”.

El éxodo de venezolanos creó una de las mayores crisis humanitarias del mundo. Alrededor de ocho millones de venezolanos, casi una cuarta parte de la población del país, han huido en los últimos 11 años, según la ONU, lo que quizá constituye la consecuencia más visible del opresivo gobierno de Maduro.
Aunque algunos se fueron a Estados Unidos y otros a España, una gran mayoría, casi siete millones, se quedaron en Latinoamérica y se dirigieron a Colombia, Perú y Brasil.
Los migrantes venezolanos han irrumpido en los mercados laborales de la región y han ocupado millones de puestos de trabajo. En algunos lugares, como Estados Unidos, su gran número ha provocado reacciones violentas y se ha convertido en un tema de debate en las elecciones nacionales.
Esta migración masiva también ha trastornado las vidas y las carreras de los venezolanos, ha vaciado barrios en toda Venezuela y ha separado a las familias.
Muchos venezolanos esperaban que la intervención estadounidense produjera algo más que la destitución de Maduro. Lo veían como el comienzo de una gran vuelta a casa, una nueva era de reunificación familiar y alivio del temor a que padres y abuelos murieran sin despedirse.



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