El “Acuerdo Trump”, con el que la Casa Blanca se garantiza 65.000 millones de barriles de petróleo venezolano para reabastecer las reservas estratégicas de los Estados Unidos, es una gigantesca pala con la que el virulento mandatario norteamericano entierra el ideario libertario de recordados expresidentes.
Roosveelt, Truman, Kennedy, Reagan… Trump pisotea una tradición de poder estadounidense que, con sus costuras, entendió que la grandeza de una potencia también se mide por su capacidad para reconstruir, contener amenazas, abrir espacios de cooperación y ofrecer refugio a quienes huyen de la persecución y la guerra.
Desconfiguró una carta de navegación histórica.
Cambió devolverle la democracia a una nación por una inmensa operación de saqueo en complicidad con dictadores y sátrapas oportunistas del mercado petrolero. Es el sello de su corolario.
Por eso esperar que tenga un rol verdadero en el restablecimiento de la República queda al margen de cualquier ecuación de poder.
No le conviene.
Lo que le importa es aprovechar lo que se pueda de una Venezuela que aún no termina de levantarse de un doble terremoto con más de 6 mil muertos, centenares de edificaciones destruidas y al menos 10.000 desaparecidos, luego de la hecatombe ideológica y criminal que convirtió a nuestra nación en osamenta.
Somos un vulgar globo de ensayo.
La Doctrina Donroe, más allá de recuperar la influencia ganada en Occidente por China, Rusia o Irán, impone una línea dura e intenta borrar de cualquier guion escrito por Washington la recuperación de un sistema democrático que sucumbió hace más de 25 años por culpa de huestes socialistas.
Trump juega con la esperanza de más de 30 millones de venezolanos, un tercio de ellos diseminados por todo el planeta como parte del mayor éxodo de la historia en un país en el que no se registró una guerra.
Y se pavonea con arrogancia para evitar el avance de la transición, mientras le vende al mundo una supuesta felicidad que tropieza a diario con una inflación galopante, los bolsillos vacíos de la población, la exigencia de la liberación de centenares de presos políticos y las crecientes fallas en el sistema eléctrico.
Todo, mientras decenas de anuncios hablan de inversiones que en nada benefician a la población.
Pero aquí está la verdadera ruptura.
Roosevelt lideró a Estados Unidos durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial, transformando al país en el “arsenal de la democracia” y guiando la victoria de los Aliados antes de su fallecimiento en abril de 1945. Su política del Buen Vecino buscó alejarse del intervencionismo militar directo en América Latina para fomentar la cooperación comercial y el respeto mutuo.
Y esta nueva doctrina sepulta ese enfoque al revivir el derecho de intervención unilateral directa en los asuntos internos de la región.
Truman enfocó su mandato en un esfuerzo global e institucionalizado para contener amenazas exteriores. Bajo su gobierno se consolidaron instrumentos como la OTAN y tomó forma el Plan Marshall, el gigantesco programa de ayuda económica de Estados Unidos destinado a reconstruir la Europa de la posguerra y frenar la expansión del comunismo.
También quedó asociado a una política de recepción de desplazados y perseguidos de la posguerra.
El enfoque actual de Trump se distancia de esa visión y prioriza el bilateralismo transaccional y la acción directa de la potencia dentro de su exclusiva “esfera de influencia”.
Kennedy demostró la importancia del desarrollo económico, la ayuda financiera y el progreso social en Latinoamérica para contrarrestar el comunismo. La Alianza para el Progreso convirtió esa visión en una política concreta de cooperación hemisférica.
Pero Trump cambia el foco del desarrollo hacia un control basado en la seguridad nacional dura. Con golpes de mesa, castigo a gobiernos disidentes y el aseguramiento de recursos energéticos o minerales.
Y hasta el legado de Reagan, utilizado durante décadas como bandera de la confrontación contra el comunismo, queda reducido bajo Trump a una lógica estrictamente transaccional.
Es el contraste que Trump convierte en una herida abierta.
Aquellos mandatarios, con sus menos y sus más, entendieron que el poder estadounidense debía proyectarse sobre el mundo y utilizaron la influencia, la ayuda, las alianzas, la contención y, en distintos momentos, la acogida de perseguidos como instrumentos de una estrategia internacional.
Trump se baña en su ego y convierte a Venezuela en una cuenta por cobrar: Petróleo por influencia, recursos por tutelaje, riqueza por control. La tragedia venezolana deja de ser, bajo esta lógica, una causa democrática y se transforma en una oportunidad geopolítica.
Pero no se trata solamente de Venezuela. Se trata de la demolición de una idea de EE.UU. que, con todos sus errores históricos, alguna vez creyó que reconstruir países, contener dictaduras, proteger perseguidos y construir alianzas podía servir también para defender su propia libertad.
Trump cambió peligrosamente esa ecuación.
Y Venezuela puede terminar pagando el precio más alto. El de la libertad convertida en negocio. ¿La libertad, los derechos humanos y la democracia no tienen valor para su administración? Los venezolanos tienen la última palabra.
CentroVenezolanos.com Noticias Relevantes y Actualizadas de Venezuela