El acuerdo provisional con Irán que Donald Trump firmó esta semana en Versalles ―ese palacio francés sinónimo de rendición humillante desde 1919― concedía al presidente estadounidense, a cambio de concesiones económicas muy ventajosas para Irán, dos cosas que ya existían antes de la guerra: la promesa de Teherán de no hacerse con armas nucleares y la reapertura del estrecho de Ormuz. Ahora, tras los últimos ataques de Israel en Líbano este fin de semana, incluso eso se le escapa de las manos: Irán volvió a cerrar el estratégico paso marítimo. Lo que incluso entre su propio partido se ha descrito como una capitulación empieza a pasar factura al autor de El arte de la negociación.
Durante toda la semana, y a medida que se iban conociendo los términos exactos del memorando de 14 puntos, la Administración estadounidense ―con el vicepresidente J. D. Vance, jefe de la delegación negociadora, convertido en el principal valedor del documento― se ha puesto cada vez más a la defensiva para alabar un documento que describe como fundamental para terminar de una vez por todas una guerra que iba a durar dos o tres días ―Trump dixit― y que ha acabado prolongándose durante casi cuatro meses.
El pacto permite a Irán retomar sus exportaciones de petróleo y le abre la perspectiva de la descongelación de sus fondos en el extranjero (unos 100.000 millones de dólares, 87.000 millones de euros); el levantamiento de todas las sanciones y la creación de un fondo de reconstrucción por valor de 300.000 millones de dólares. El acuerdo también obliga a la paz en Líbano y da vía libre al régimen teocrático a continuar en el poder. Pese a lo que había declarado Trump al principio de la guerra, Teherán puede mantener su programa de misiles y no se ve forzado a renunciar al patrocinio de milicias radicales en Oriente Próximo.
Para eso ha servido una guerra que ha matado a más de 7.000 personas y ha sembrado el caos en la economía mundial. Que a Estados Unidos le ha supuesto la muerte de 13 soldados y heridas a otros 359, la mayor inflación en tres años (4,2%), un coste de más de 100.000 millones de dólares para los ciudadanos, y un despliegue militar que necesitará cerca de 80.000 millones para cubrir gastos y destrozos. El Pentágono ha reconocido que necesitará “años” para reponer los arsenales de munición, interceptores y equipamiento utilizados o destruidos durante el conflicto.
La aplicación del acuerdo, además, se está demostrando mucho más espinosa de lo que prometía Trump, con un Israel que lo sabotea con sus acciones en Líbano desde el minuto uno. Los intercambios de fuego con Hezbolá forzaron que se aplazara el comienzo de las conversaciones técnicas en Suiza el viernes. Y este sábado, los bombardeos han llevado a Irán a anunciar un nuevo cierre del estrecho de Ormuz, que EE UU desmiente.
Desaprobación de los votantes
La mayoría de los estadounidenses desaprueba cómo Trump ha gestionado el conflicto. Una encuesta publicada esta semana por la agencia AP y elaborada inmediatamente antes de que se anunciara el acuerdo indica que el 65% de los ciudadanos critica el manejo de la crisis. El sondeo pone de manifiesto otra de las consecuencias de la guerra: el aumento de la crispación y la extrema polarización que ya existían entre el electorado. Mientras un 92% de los votantes demócratas y el 76% de los independientes desaprueba esa gestión, solo un 28% de los republicanos critica a su presidente.
La popularidad del presidente ya está por debajo del 40%. Una cifra preocupante para los republicanos, dada la cercanía de las elecciones de medio mandato en noviembre. En ellas se decidirá qué partido controla el Senado y la Cámara de Representantes.
Las críticas al acuerdo firmado el miércoles han sido despiadadas dentro de Estados Unidos. Con palabras gruesas: “Humillación”, “capitulación”, “debacle”. Incluso dentro del Partido Republicano han surgido numerosas condenas. En el Congreso, el presidente del comité de los Servicios Armados del Senado, Roger Wicker, se pronunciaba de manera durísima, al sostener que el memorando de entendimiento “se aparta de manera fundamental de las metas del presidente” de neutralizar a Irán como amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. El senador Bill Cassidy, por su parte, aseguraba en la red social X que el presidente Ronald Reagan “estará revolviéndose en su tumba” ante lo que considera “el peor error en política exterior en décadas”.
Dentro del movimiento MAGA (Make America Great Again), el corazón del trumpismo y opuesto por sistema a las intervenciones militares en el extranjero, también se han elevado voces de protesta. El columnista de la cadena Fox Marc Thiessen, por ejemplo, calificaba de “desastre” la perspectiva de compensaciones a Irán. Y lo que equiparaba a haber ofrecido a Alemania integrarse en el plan Marshall de reconstrucción de Europa “mientras los nazis seguían en el poder”.
Las compensaciones a Irán han molestado especialmente en los ámbitos conservadores. Trump criticó en su día el JCPOA, el acuerdo nuclear con Irán que firmó en 2015 su predecesor, el demócrata Barack Obama, y del que retiró a Estados Unidos en 2018. Se mofaba, entre otras cosas, de que aquel pacto ofrecía a Irán más de 100.000 millones de dólares. Hoy, el fondo de reconstrucción estará dotado con una cantidad mucho mayor. “No quiero ver una repetición del JCPOA”, advertía la senadora republicana Joni Ernst. “Tengo que saber de dónde va a proceder ese dinero, porque me temo que a mis votantes no les va a gustar nada si lo tiene que poner el contribuyente estadounidense”.
En declaraciones a Fox News, el presidente del comité de Inteligencia del Senado, Tom Cotton, expresaba su “preocupación” sobre aspectos clave del acuerdo “que son un paso en la dirección equivocada”. Entre ellos, el levantamiento de sanciones a las exportaciones iraníes de petróleo, la devolución a Teherán de fondos congelados o la posibilidad de que el régimen imponga peajes en Ormuz cuando concluyan los sesenta días de paso franco que prevé el acuerdo. “Todos sabemos que este régimen terrorista revolucionario no va a gastarse el dinero en guarderías u hospitales. Lo van a usar para reconstruir sus arsenales de drones, sus misiles, para pagar a Hamás y pagar a Hezbolá”, sostenía el legislador.
La Administración de Trump asegura que Irán no tiene garantizado recibir ningún beneficio; los incentivos se irán aplicando solo de manera gradual y estarán condicionados a que Teherán cumpla su parte. Vance insiste en que Estados Unidos no contribuirá “ni un céntimo” al fondo de reconstrucción. Y la Casa Blanca señala, para justificar que el acuerdo merece la pena, el indicador favorito de Trump: la reacción optimista de los mercados.
El presidente, que en mayo aseguraba que no tenía en cuenta las finanzas de los ciudadanos estadounidenses a la hora de negociar con Irán, reconocía en la reciente cumbre del G-7 en Francia que dio su visto bueno al pacto porque no quería “ver una catástrofe económica” ni quería convertirse en un nuevo “Herbert Hoover”, el presidente al frente de Estados Unidos cuando estalló la Gran Depresión, en 1929. Ahora, tras la firma, el republicano apunta a la bajada en el precio del crudo y a la subida de las Bolsas como prueba del supuesto éxito del acuerdo.
Peor que antes de la guerra
Dada la importancia del factor económico, a Trump le corría prisa cerrar un acuerdo, el que fuera, que permitiera reabrir el estrecho y terminar la guerra. “El inventario de petróleo se había ido reduciendo a medida que Ormuz se mantuvo cerrado, y de haber continuado así para julio, según los cálculos de la industria, nos enfrentábamos a una situación mucho peor”, explica por videollamada Rosemary Kelanic, directora del think tank Defense Priorities. “Si los precios se disparaban, la capacidad de negociación de Estados Unidos caería en picado. El acuerdo refleja el deterioro de esa posición negociadora estadounidense: Washington tuvo que ceder cartas muy valiosas solo para conseguir que se reabriera Ormuz. Es un acuerdo peor que el que se negociaba en Ginebra [en vísperas de la guerra] y, de llegar a un pacto sobre el programa nuclear iraní, probablemente también lo sea”.
Que ahora Trump ponga el acento en la importancia de la economía como razón para llegar a un acuerdo deja clara la importancia de Ormuz. Y eso da alas al régimen iraní. Los ayatolás saben que en ese paso marítimo tienen un elemento disuasorio tan eficaz como un arma nuclear, pero mucho más sencillo. “Los iraníes han aprendido que amenazar el estrecho de Ormuz funciona”, escribía el senador Cassidy en su mensaje en X.


