En Venezuela Las Playas de La Guaira reabren en una ciudad que aún no se recupera Totalmente

Samuel J. Gómez

En la entidad, las vacaciones no llegaron con el calendario. Terminaron con el terremoto. Las playas siguen abiertas para el sol, pero cerradas para la confianza, la ciudad no ha recuperado su condición de destino.

Nada ha mejorado lo suficiente en La Guaira como para que alguien quiera regresar al litoral central. Esa es la primera verdad que se percibe al bajar a la costa. Es 24 de octubre, cuatro meses después del doble sismo que partió a Venezuela en dos tiempos: antes y después del 24 de junio.

El litoral sigue allí, inmenso y azul, pero no seduce. Invita a mirarlo desde la carretera, a pasar de largo, a comer algo y regresar.

El calor no perdona. Golpea el suelo. Se cuela por las ventanillas y convierte cada parada en un pequeño acto de resistencia.

En Ciudad Hugo Chávez, los reconocidos urbanismos de la Gran Misión Vivienda en Playa Grande, ya no se ven las casas caídas unas sobre otras, como fichas de dominó. Es un avance. Pero en su lugar quedó un cementerio de aluminio humeante, láminas retorcidas por el sol, techos desprendidos, estructuras vacías que reflejan una luz blanca, casi ofensiva.

El silencio de aquel conjunto habitacional no es el silencio de la reconstrucción. Es el silencio de lo que aún no sabe si será habitable. Pasa igual en el urbanismo contiguo, Luisa Cáceres de Arismendi. Allí vivía gente. Allí todavía vive gente, aunque las paredes hayan cambiado de función: antes contenían vidas; ahora delimitan ruinas.

El Estado construyó esas viviendas para resolver, entre 2012 y 2015, una emergencia antigua: la del deslave. El sismo reveló que una solución habitacional puede convertirse, en cuestión de segundos, en otro problema.

Expertos han señalado que suelos inestables, la condición sísmica de la zona y fallas constructivas se sumaron para amplificar la tragedia. La Coalición por los Derechos Humanos y la Democracia denunció ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que complejos habitacionales e infraestructura pública habrían incumplido normas sismorresistentes.

El ruido de las máquinas

Algo ha cambiado en las calles, pero no es definitivo. Las vías están más despejadas que en las semanas posteriores al desastre.

Se puede caminar, maniobrar, avanzar. Pero a los costados persisten montañas de escombros: bloques de concreto, varillas dobladas, pedazos de techo, muebles destrozados, restos de vidas ordenadas en pilas que nadie ha podido llevarse del todo.

Hay más maquinaria. Tractores, camiones, retroexcavadoras y cuadrillas trabajan bajo un sol que vuelve metálico el aire. El rugido de los motores sustituye, por momentos, el silencio incómodo de las zonas afectadas. Es una escena de trabajo, sí. También una urgencia tardía.

El gobernador José Alejandro Terán afirmó que se han retirado más de un millón de toneladas de escombros y que se reparan más de 10 mil viviendas. Las cifras existen; los escombros también.

Esa contradicción define a La Guaira en este cuarto mes. No es una ciudad paralizada, pero tampoco está en vías de recuperación. Está en tránsito, con máquinas avanzando mientras las personas esperan respuestas.

En el refugio Sonrisa Grande, en Playa Grande, permanecen 64 familias, 350 personas. Allí, lo provisional se volvió permanente: colchones, sábanas como paredes, baños improvisados y una espera que agota.

Playas en las que nadie se baña

Las playas, que abrirán algunas este sábado, están desoladas. Casi no hay toallas extendidas, sombrillas, música ni filas de vehículos buscando espacio. La playa detrás de Las Arepas de Margaret, en Playa Verde, está vacía.

Los pocos que se asoman al agua son, en su mayoría, locales. Niños y adolescentes, vecinos que conocen cada roca y cada corriente. Se meten al mar por breves instantes, buscando un alivio contra el calor, y salen rápido. No vienen a pasar el día, dicen. Vienen a sobrevivirlo.

Los que bajan desde Caracas o zonas cercanas tienen otro itinerario. Van directo a los clubes; comen en sitios como el de Margaret y regresan. No caminan por la avenida. No compran en los puestos. No llenan las playas públicas. La economía popular del litoral, la que depende del visitante ocasional, sigue esperando.

La Cámara Turística Playera de La Guaira anunció que las playas reabrirán al público desde el 31 de octubre, en un horario de 8:00 de la mañana a 5:00 de la tarde, inicialmente solo sábados y domingos. La Gobernación aprobó la propuesta y, según el anuncio, 55 de los 63 balnearios aptos abrirán durante noviembre.

La pregunta no es si las playas pueden -o deben- abrir. Es quién irá a ellas si el camino, la percepción de seguridad y la vida cotidiana del litoral todavía muestran tantas heridas.

Cuatro meses después

El doble sismo del 24 de junio alcanzó magnitudes de 7,2 y 7,5, con una profundidad de 10 kilómetros, y afectó de manera especial a La Guaira y Caracas.

Las cifras oficiales de víctimas han variado conforme avanzaron los días: de 589 fallecidos reportados inicialmente se pasó a 1.719, luego a 4.561 y, según el Parlamento oficialista, a más de 6.400 muertos. Otras fuentes han manejado estimaciones superiores, como The New York Times, que documentó un mínimo de 53 mil vidas perdidas que aún no son reconocidas por el Gobierno.

Esta discrepancia es parte del país incierto que dejó el terremoto.

La Guaira fue la entidad más golpeada. El desastre afectó viviendas, infraestructura, puertos y redes eléctricas; un informe del BID, la CAF y el Banco Mundial habría constatado daños en 591 mil casas. Frente a ese tamaño del daño, retirar escombros y reparar viviendas es necesario, pero no basta. Hace falta que la gente vuelva a confiar en el suelo bajo sus pies.

Eso no ocurre todavía. En Sonrisa Grande, Norkis Arzola, vocera comunitaria, denuncia censos repetidos sin respuestas, etiquetas rojas en casas que siguen siendo ocupadas y la falta de evaluaciones técnicas definitivas. Su frase resume el estado de ánimo de muchos: “Soy valiente hasta que llegan las seis”.

Cuando cae la noche, el miedo regresa. No es el miedo a un nuevo temblor de la tierra; es miedo a la lluvia, a la oscuridad, a dormir bajo una lona, a no saber dónde estará la familia dentro de un mes.

En La Guaira, las vacaciones no llegaron con el calendario. Terminaron con el terremoto. Las playas siguen abiertas para el sol, pero cerradas para la confianza. Los clubes privados funcionan, locales como Las Arepas de Margaret se recuperan, los niños se mojan en el mar. Pero la ciudad no ha recuperado su condición de destino. Ha recuperado, apenas, su condición de paso.

El gobernador asegura que La Guaira “será mejor de lo que era antes del 24 de junio”. Pero, por ahora, esa promesa convive con el aluminio humeante de la Gran Misión Vivienda Hugo Chávez, con los escombros que aún bordean las calles y con una playa casi desierta.

Al final, la reconstrucción no se mide solo en toneladas retiradas o viviendas intervenidas. Se mide en cuánta gente decide quedarse, volver, bailar frente al mar, alquilar una sombrilla y creer que La Guaira puede volver a ser un lugar para disfrutar, no solamente un lugar para recordar.

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