¿Ya no hay que migrar? Cuando quedarse empieza a ser opción en Venezuela

Samuel J. Gómez

Yo sí tengo futuro aquí”, “yo me quedo”, “no hay nada que buscar afuera”. Hoy, esas frases empiezan a aparecer cuando se les pregunta a jóvenes venezolanos por su futuro.

Hace apenas ocho años, habrían sido impensables.

En 2018, Venezuela vivió una de las mayores olas migratorias de su historia reciente. Según la Organización Internacional para las Migraciones, cinco mil personas salían del país cada día en busca de empleo, seguridad y calidad de vida. Para muchos jóvenes, irse no era una decisión a reflexionar, era una reacción casi automática frente a la crisis.

Pero el contexto ha cambiado. No solo por lo que ocurre dentro del país, sino también por lo que sucede fuera: mayores restricciones migratorias, rutas más costosas, procesos más inciertos. Irse ya no es tan fácil. Y en ese nuevo escenario, quedarse empieza, para algunos, a convertirse en una posibilidad.

Justo ahí es donde llega la duda.

María José Álvarez es una de esas jóvenes que ha empezado a replantearse el futuro desde ese lugar. Aún estudia y le faltan meses para graduarse en Artes. Su expectativa está puesta en el corto plazo. Confía en que, para entonces, el país haya cambiado lo suficiente como para poder ejercer su carrera.

No es una visión ingenua. Sabe que quienes ocupan el poder “no son los correctos” o que “los contextos en los que se mueven los han llevado a tomar decisiones equivocadas”.

Andrés Muentes, estudiante de administración, comparte parte de ese diagnóstico. También desconfía de quienes están al frente de las instituciones, pero introduce un matiz distinto. Él cree que existe la expectativa de que haya “un superior”, en referencia al gobierno de Donald Trump, “que va a hacer que se cumplan las cosas”.

Esa ambivalencia no es individual. Es generacional.

Durante casi una década, los jóvenes venezolanos construyeron su relación con la política desde la desconfianza. En 2021, la Encuesta Nacional de Juventud ya lo mostraba: apenas confiaban en las instituciones en un 50% y ocho de cada diez se declaraban insatisfechos con el funcionamiento de la democracia.

Cinco años después, ese escepticismo no ha desaparecido, pero ya no es lo único que define el horizonte. El 3 de enero está de por medio

“El voto… como que no se convirtió en lo que debía ser”, explica. “No fue un arma para el cambio, sino algo que se sentía burlado”.

Diego Bolívar, con 20 años, lo traduce desde su propia experiencia. Solo ha podido votar una vez, en las presidenciales de 2024. “Sentías que no servía de nada, pero igual era necesario”, dice.

Entre esa frustración y la experiencia acumulada, también aparece la desconexión. “No me involucro mucho”, admite. Mientras, Andrés, de su misma edad, lo formula de otra manera: “No tenemos tanta cultura política como deberíamos”.

No es apatía total. Pero sí una relación debilitada con lo público.

En ese punto, el análisis de Ramírez introduce un elemento clave y es que estos cambios no son giros bruscos. “Los procesos culturales y políticos no se transforman de un día para otro”, explica. Incluso cuando aparecen señales de cambio, la participación no se reactiva automáticamente. Hay desgaste, aprendizajes acumulados y también escepticismo, cree. Aun así, algo empieza a moverse.

Quedarse en Venezuela es una decisión

La misma desconfianza ha llevado a muchos jóvenes a replantearse qué tipo de liderazgo esperan. Ya no necesariamente piensan en estructuras rígidas ni en figuras únicas. Según el informe Democracia y DDHH Juventudes: Asignatura pendiente (2024), de la Friedrich Ebert Stiftung, una proporción significativa considera posible una democracia menos dependiente de los partidos tradicionales.

“No creo que un grupo sea lo más conveniente”, dice María José. “Es más bien que todos estemos orientados hacia algo mejor”. La idea se repite: un liderazgo que priorice el bien común. Pero ese escenario aún no existe del todo. “Cuando tengamos una democracia donde todos puedan ser candidatos, será distinto”.

Ese “cuando” sigue siendo condicional.

Mientras tanto, la percepción es que los cambios, si ocurren, serán progresivos. “El país va para mejor, pero no de golpe”, dice Andrés.

Y Ramírez coincide: si hay una transición, no avanza a la velocidad que muchos esperan. Pero sí identifica algo nuevo, que es la posibilidad, aunque para él todavía frágil, de una recomposición institucional.

“Hoy en día hay resquicios de que puede volver a la institucionalidad. Y esa posibilidad hace reflexionar a estos muchachos que quizás hace cinco años estaban decididos a irse del país”. Es en este pequeño margen donde empieza a surgir la idea de quedarse.

“Yo siento que aquí es donde está todo”, dice Ayiln Carvajal, una estudiante de archivología en la Universidad Central de Venezuela. “No hay nada que buscar afuera”. En su cabeza ronda la posibilidad de que en tres años pueda tener lo que sus padres a su edad: casa, carro y empleo estable.

En otros casos, como el de Andrés, la decisión no se trata solo de cálculo. “Soy muy de aquí. No me gustaría mi vida afuera”. También de pertenencia.

Esa visión convive, sin embargo, con una realidad fragmentada. La migración sigue marcando al país. Uno de cada cinco venezolanos en el exterior planea quedarse definitivamente. Casi la mitad condiciona su regreso a mejoras reales. Solo una minoría contempla volver en el corto plazo, según una encuesta realizada en febrero de este año por el Observatorio de la Diáspora Venezolana.

Pero incluso ahí aparece otro matiz. Se ha comenzado a escuchar “Sería bueno que regresara la gente que emigró” y “Aprender de lo que vivieron”. Ahora, pareciera que la migración deja de pensarse solo como pérdida y empieza a verse también como experiencia acumulada.

En medio de ese panorama, lo que se ve no es optimismo pleno, sino una expectativa que apenas se está reconstruyendo.

“Los jóvenes se están levantando otra vez”, dice uno. “Está volviendo la fe”.

Y aunque aún no hay certezas, sino intuición, en un país donde durante años irse fue casi automático, empezar a decir “yo me quedo” ya no significa lo mismo.

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